OPINIÓN Página 3

Sáhara resiste


El Aaiún es una ciudad peculiar. Rodeada de tierra y arena, a tiro de piedra del mar y levantada junto a un río seco que se inunda con las lluvias, tiene esa belleza cautivadora de las aglomeraciones humanas surgidas en el desierto. La histórica presencia española aún se percibe en sus edificios coloniales y en su imponente iglesia, pero el sabor de El Aaiún está en su gente, en los pliegues de las melfas de sus mujeres, en la hospitalidad de sus hogares, en las conversaciones que acompañan al té de medianoche en el desierto, en la mirada franca de sus habitantes de siempre.

 

Así al menos era El Aaiún. Hace pocas semanas estuve de nuevo en esta ciudad y la encontré distinta, lejana, temblorosa. Ahora, las miradas son huidizas, el miedo campa a sus anchas y la violencia se respira en el ambiente. Policías de uniforme y de paisano ocupan todos los rincones y controlan todos los movimientos. Nada escapa a sus ojos y la población está cautiva, amordazada, aplastada bajo una bota de hierro. En los últimos veinte años, el reino de Marruecos, para consolidar su ocupación ilegal del territorio, ha ido trasladando hasta allí a cientos de miles de personas y la mayoría marroquí ha impuesto su ley, su bandera, sus costumbres.

 

Sin embargo, pese a las torturas y a la violencia, pese a las violaciones de niñas, los crímenes de Estado, los encierros arbitrarios, las palizas y los largos años de cárcel, los saharauis siguen protagonizando una lucha heroica en la resistencia. Digo bien, heroica, quizás la más heroica del Planeta porque transcurre casi siempre alejada de los focos de las cámaras y los flashes de los fotógrafos. El mundo mira para otro lado mientras las gentes de El Aaiún, pero también de Smara, de Dajla, de Tan Tan, reciben golpes o aún peor, son quemados y humillados por la misma policía que debería protegerles.

 

Centenares de personas están sufriendo este martirio que dura ya una treintena larga de años y en su vanguardia, los activistas de Derechos Humanos intentan hacer llegar al mundo la verdad de lo que ocurre. Un tupido velo de oscuridad, por un lado, y propaganda marroquí, por otro, intentan hacernos pensar que la situación está controlada, que los saharauis son meros agitadores y que no se tortura ni se pega a destajo en sus comisarías. Así que esto activistas están vigilados día y noche hasta en las puertas de sus casas por sus propios torturadores, algo que a ellos no parece importarles. Siguen en su labor de denuncia hasta que caen presos, son golpeados y los liberan, pasadas semanas, meses o años.

 

Mientras escribo este artículo, uno de esos luchadores, llamado Yahya Mohamed El Hafed, protagoniza una huelga de hambre que, mucho me temo, podría costarle la vida. El Hafed, encerrado en una cárcel marroquí, reclama que se respeten sus derechos como preso político, pero la respuesta del Gobierno del país alauita ha sido nula. Al contrario, encadenado a la cama de un hospital intentan alimentarlo a la fuerza.

 

La gravedad del asunto es que hace ya mucho tiempo que el tema del Sahara tendría que estar resuelto si una de las partes, Marruecos, hubiera respetado la legalidad internacional y permitido la celebración de un referéndum para que fueran los propios saharauis quienes tomaran una decisión respecto a su futuro. Esta burla a la comunidad internacional está en el origen de todo, también en la lamentable situación de los cientos de miles que se tuvieron que ir a los campamentos de refugiados de la hamada argelina.

 

¿Hasta cuándo?

 

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