Aburrimiento
En los tiempos actuales creer en la política y sus políticos no es precisamente devoción de la ciudadanía; al contrario, no figuran en las preferencias del respetable. En mi opinión se está devaluando de modo permanente la excelencia natural del conocimiento y prácticas, de lo que denominaríamos su noble ejercicio, para dar paso a una guerra de guerrillas dialéctica, a veces sin sentido donde todo vale parece ser. Es sinceramente bochornoso.
Pero no sólo se produce una desvirtuación, digamos de la política profesional, es que existe igualmente como una especie de contagio muy notorio en sectores de la comunicación que dejan a uno sin aliento y sin ganas de prestar la más mínima atención a lo que acontece no ya en la profundidad de los diversos asuntos sino en lo meramente cotidiano. En una frase: interés cero.
Televisiones y radios de todas las tendencias nos muestran diariamente tertulias desde las primeras luces del alba. Salvo honrosas excepciones que intentan al menos mantener un poco de cordura y mesura entre los invitados, una buena parte de estos encuentros mediáticos resultan tediosos, cuando no una jaula de grillos, cuya solución lleva al escuchante o televidente a modificar su dial o el mando con el objetivo de encontrar algo mas digerible, si bien esto es matizable.
Resulta insoportable, en un número importante de casos, aguantar a cuatro o cinco tertulianos, que hablan al mismo tiempo, con una elevación de tono de voz en parámetros pasados de la raya, hasta provocar una situación escasamente informativa y menos aún formativa.
Lo comentaba días atrás el espléndido periodista Juan Cruz en un artículo publicado en El País, en el que reflejaba cómo parece que interesa más chillar y montar un pollo en el plató con tal de ganar audiencia, frente a la conveniencia de moderar y atemperar las posiciones de cada cual, por encima de otra consideración. Y lo que es peor, posturas defendidas por los responsables de programas. Audiencia, audiencia, puñetera audiencia. Y una paradoja, mientras una parte del espectador huye de estos numeritos, otra aguanta porque le gusta el combate , por llamarlo de alguna manera. Lamentable, y nada edificante para que el ciudadano se forme una opinión sobre tal o cual asunto. Acaba aburrido, si es que alguna vez no lo estuvo.
Abundando en lo político, Iñaki Gabilondo, uno de los iconos de la comunicación española, lo expresó sin tapujos hace una semana; se preguntó si una de las razones del escaso interés ciudadano por las elecciones europeas radicó en el comportamiento nada ejemplarizante de la clase política, que se ha ceñido a reproches mutuos y sin abordar como se merecía los temas de fondo objetos de la consulta: el europeo.
Suscribo esta crítica, como la que formuló Saavedra, alcalde de Las Palmas de Gran Canaria, y un buen puñado de personas de los más variados estratos y posturas divergentes. Mientras, lo siento, bostezo profundamente. Qué aburrimiento. Eso sí, he cumplido con el rito electoral; de mala gana, aunque lo he cumplido.
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